CAPÍTULO 79 – TIBET: REPRESIÓN BRUTAL

China ha reprimido violentamente las manifestaciones de tibetanos que protestan por los 49 años de invasión. Frente a las piedras, una vez más las balas. Se habla de 140 muertos; Pekín reconoce una veintena y se ha blindado expulsando a la prensa internacional. Éstas son las pruebas de lo que pasa allí.

Las cifras cantan, pero la letra cambia según a quién se escuche. El gobierno tibetano en el exilio cuenta los muertos y detenidos por centenares (135 fallecidos y más de 400 encarcelados). China, escudada detrás de su apagón informativo, tras haber expulsado del Tíbet a los corresponsales extranjeros, habla de 20 muertos, dos de ellos policías. Frente a esas discrepancias, estas imágenes demuestran sin opción a réplica toda la violencia desplegada. Bajo la presión de la celebración el próximo agosto de los Juegos Olímpicos, las protestas de los tibetanos en el 49 aniversario de la ocupación del país son reprimidas con inusitada brutalidad. El pueblo sometido quiere aprovechar la cita deportiva para denunciar la violación de los derechos humanos que ejerce Pekín.

De los seis millones de tibetanos que se estima que hay, 120.000 viven desterrados. En España residen 80 de ellos. Muchos, nacidos en el exilio. La mayoría ni siquiera conoce su país, pero comparten el amor por una patria de la que les expulsó la invasión china hace medio siglo. Y ese arraigo les hace seguir con preocupación e inciertas esperanzas los recientes acontecimientos.

La cara visible en España del gobierno del Dalái Lama en el exilio es Thubten Wangchen, director de la Fundación Casa del Tíbet en Barcelona, un consulado oficioso que estos días está a plena actividad, organizando movilizaciones para reclamar justicia para su pueblo y para gritarle al mundo los desmanes de China en su país. Se han dejado ver ante el consulado chino en Barcelona, frente a la embajada en Madrid y preparan una marcha de mujeres desde su sede en la calle Roselló, 181, hasta la catedral barcelonesa, “para que la espiritualidad de este lugar religioso nos inspire en nuestra lucha”, dice el monje.

Precisamente, la espiritualidad que emana de la religión budista es una de las principales señas de identidad del pueblo tibetano. Su filosofía de no violencia –inspirada a su líder político y religioso, el Dalái Lama, a través de la doctrina de Ghandi– les hace mantener una resistencia pacífica, abierta al diálogo y las concesiones, que estos días la rabia acumulada de los tibetanos ha puesto en jaque y ha llevado al Premio Nobel de la Paz a amenazar con dimitir si no cesan los disturbios. “El Gobierno chino acusa a Su Santidad de estar detrás de la revuelta, pero no es así. Todo surgió como una manifestación pacífica, pero la represión, la rabia, el malestar y el rencor de la gente que vive reprimida hicieron que se exaltasen y lanzasen piedras. El ejército chino contestó con balas”, argumenta Thubten.

Él ha vuelto una sola vez al Tíbet desde que a los 4 años lo abandonó de la mano de su padre, cruzando el Himalaya durante la noche para escapar de los aviones chinos que disparaban a quienes huían de la invasión. Murieron 1,2 millones de tibetanos, entre ellos la madre de Thubten. La diáspora ha llevado a los tibetanos a Nepal, India y luego por los cinco continentes. Saben, como Wangchen, que no podrán volver hasta que logren una autonomía real. “Si regreso no saldré con vida. Estuve en 1987 con un grupo de españoles. La policía china encontró una foto del Dalái Lama en mi equipaje, me detuvieron e iban a ejecutarme. Yo –a pesar de que me está prohibido mentir, a no ser que sea, como en ese caso, por una causa mayor, como salvar la vida– dije que viajaba con políticos y banqueros españoles y que si me mataban el mundo entero lo sabría y causaría el desprestigio para China.”

Su estoicismo de monje se resquebraja cuando se cruza por la calle con algún chino. Su mirada desafiante, orgullosa, probablemente contradice sus preceptos budistas. Los chinos lo contemplan en los mismos términos. Ésa es su pequeña rebelión cotidiana. La de Tashi Namgyal, dueño de Kailash, el primer restaurante tibetano de España, es llevar por todo Barcelona su casco de moto con el lema “Free Tibet” (Tíbet libre), blandiéndolo como un estandarte cuando entra en restaurantes y tiendas de chinos. Ese simbólico gesto y su negocio son su lucha diaria de baja intensidad. “Abrí el Kailash para dar a conocer mi cultura, mi país”, cuenta en un correctísimo español, una de las seis lenguas que domina. Su nombre, como todos los tibetanos, se lo puso un monje y como los demás tiene un significado. En su caso, suerte, y confía en que su buena estrella le lleve algún día a conocer la tierra de su gente. En Barcelona vive con su mujer, su niño de seis meses y el resto de su familia. Confía en que Francia cumpla la amenaza de no asistir a la inauguración de los Juegos y que otros países le sigan. “Ésta es una oportunidad de oro para explicar qué está pasando en el Tíbet”.

A pesar del dolor con que reciben las escasas noticias, alimentan la esperanza de que la lucha en las calles de Lhasa, capital del Tíbet, contagiada a otras regiones del antiguo país, sirva para revelar al mundo entero su causa. “Nosotros no queremos violencia; pero cuando no hay sangre ni muerte, no hay noticia”, reconoce Thubten Wangchen en abierta contradicción con su ética de no violencia.

Tinley Lungtok es quien más dramáticamente vive en la distancia la revuelta de Lhasa. Él tiene a toda la familia en el Tíbet y hace veinte días que no sabe de ellos. “Cuando llamo, sólo puedo escuchar cómo mi hermano llora al otro lado, no puede hablar, tiene miedo”. Escapó del Tíbet hace una década, pasó ocho años en la India al margen de la ley porque no tenía papeles; después, seis meses en Holanda, donde fue encarcelado por no tener regularizada su residencia; de ahí pasó a Bélgica y Francia, hasta que la Unión Europea le reconoció el estatus de refugiado y España le ofreció asilo. Llegó a Barcelona hace un año y medio sin conocer a nadie y con la única referencia de la Casa del Tíbet. Vive en casa de Thubten Wangchen, maestro y confidente a quien recurre en estos días oscuros. Tiene la cara espantada de quienes carecen de raíces sobre el suelo que pisan y la fragilidad que da el desarraigo. También luce una espesa mata de pelo que no deja adivinar que es un monje: “Lo era. Aquí no puedo serlo, tengo que trabajar y vivir como puedo”, explica. En el Tíbet vivía a las afueras de Lhasa, la capital tibetana, en un monasterio que ahora permanece sitiado por cuatro tanques.

Tinley trabaja en un restaurante del puerto olímpico de Barcelona, como lavaplatos. Allí hay empleados procedentes de siete nacionalidades diferentes. Todos le miran con lástima, todos reconocen el desconsuelo de estar lejos de casa y adivinan el agravante de sus duras circunstancias. Ngawang Topgyal es profesor de tibetano en la Casa del Tíbet. El idioma es, junto con la religión, otro de sus fuertes eslabones de cohesión. Aprendió la gramática a la vez que estudiaba español para poder enseñar su lengua materna. Curiosamente, el nombre que le pusieron al nacer significa poder de la palabra y con ella lucha por unir a su gente y difundir su cultura milenaria. No todos sus alumnos son tibetanos; también hay españoles que sienten curiosidad por esa lengua de origen sánscrito.

Ngawang llegó a España en 1999 invitado por una familia catalana que lo conoció en Nepal y lo trajo para que se recuperase de una afección pulmonar. Cuando se acabó su visado de turista, se acogió a sucesivos visados de estudiante y acabó por quedarse. Pertenece a la generación de tibetanos que han nacido fuera, en un campo de refugiados en Nepal, a los pies del Everest, pero siente lo que ocurre en Lhasa como propio. “Lo que está pasando en mi país me da fuerza para que el sufrimiento de mi gente no sea en vano”, asegura.

Además de con las movilizaciones, afirman que les apoyan espiritualmente, un arma dulce en manos de esta gente que ofrece sus enseñanzas sin proselitismo, como una salida a la insatisfacción occidental: “Todos buscamos que la felicidad dure, y el budismo enseña cómo lograrlo sin necesidad de profesar esta religión. Ofrece un programa conversor del sufrimiento en felicidad”. Frente al poder made in China, Ngawang ofrece una vez más como moneda de cambio el budismo: “El desarrollo económico no durará siempre, pero dentro de mil años también buscarán la felicidad. ¿Por qué no un intercambio?”.

Kalsang Diki tiene una risa de cascabel, una marca de su origen, de la alegría y armonía con la que su pueblo sobrelleva el infortunio. Tiene 25 años y, a pesar de que se le saltan las lágrimas cuando habla del Tíbet, su mensaje de esperanza es un buen broche: “El Dalái Lama dijo que es cuestión de tiempo que los tibetanos podamos volver a nuestra tierra. Mi madre vivió con ese sueño y murió sin poder cumplirlo. Espero poder hacerlo por ella algún día”.

Fuente: http://www.interviu.es/default.asp?idpublicacio_PK=39&idioma=CAS&idnoticia_PK=49576&idseccio_PK=547&h=080218

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Estremecedor reportaje, ¿verdad?. China es la quinta potencia económica del mundo y subiendo. Se celebran allí los juegos olímpicos de este año. Todo parece indicar que va bien el asunto… ¿todo? veamos algún pequeño “detalle”.

–> En China la superpoblación ha llegado hasta tal punto que no permiten tener segundos hijos, siendo ejecutados inmediatamente.

–> Luchan contrarreloj para contrarrestar la polución implantando zonas verdes para los juegos olímpicos (no creo que lleguen a tiempo)

–> La represión tibetana. En China no interesa la libertad de expresión. Las torturas chinas son de lo peor que hay.

–>49 años de invasión China, es lo que soporta Tibet en estos momentos. Casi nada. Jueguecitos chinos con las cifras de las víctimas…

–> En China se saltan los derechos humanos a la tolera para beneficio propio

Y podría seguir, pero no es plan de llenar el blog de historias de estas

Ahora lo que deberíamos de hacer es reflexionar, y preguntarnos que causas originaron este conflicto… que no permiten a los tibetanos manifestarse pacíficamente. En China intentan manipular los medios de comunicación para pasar la bola al tejado vecino, y ponerles a los tibetanos de violentos… sinceramente no se cuanta gente les habrá creido, pero va a ser que conmigo no cuela; ¿y con vosotros?

El budismo emana paz y espiritualidad y jamás justifica la violencia.

Cada uno que reflexione para sí mismo y saque sus propias conclusiones, pero recomiendo informarse antes… y descubrid las mentiras de los gobiernos, que ya les vale.

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