CAPÍTULO 119 – EL SÍNDROME DE LA SILLA VACÍA

Los psicólogos recomiendan introducir cambios en las celebraciones para reducir el dolor por la pérdida de un allegado – El duelo, sin embargo, no debe aplazarse

A muchas personas que han perdido a un ser muy querido, la llegada de fechas como la Navidad o el aniversario les hunden irremisiblemente en un pozo de tristeza, soledad y ansiedad. Son días en los que “ni puedo ver las luces navideñas ni salir a la calle”, explica Julia. A esta mujer se le murió el marido hace pocos meses. Quiere evitar la Nochebuena en casa para no ver la silla vacía de su pareja e intenta convencer a la familia de cenar en un restaurante, para cambiar la escenografía, como le ha recomendado su terapeuta. “Al perder a un ser querido se entra en un proceso de duelo. Esto es algo natural y adaptativo, no una enfermedad ni algo raro. Aunque sea difícil, es necesario vivirlo”, dice Magdalena Pérez, psicóloga del Teléfono de la Esperanza y experta en duelo.

La muerte de un ser querido rompe nuestro mundo interior, “ya no volvemos a ser lo que éramos nunca más. El duelo, un proceso de despedida de la persona desaparecida, supone volver a reconstruirnos por dentro y reencontrar sentido a la vida, algo duro”, añade.

Algunas personas deciden recurrir a la “cura geográfica” marchando de viaje: “Es algo positivo mientras no signifique una evitación constante para no sentir nada y aplazar el duelo, puesto que más adelante puede ser más difícil de elaborar”, añade Pérez. Algunos se atascan en duelos complicados, “muchas veces por intentar retrasar e incluso anular la experiencia dolorosa”, señala José María Argüello, psiquiatra de la Unidad de Estrés Traumático del Hospital Vall d’Hebrón de Barcelona. No es raro manifestar dolores de cabeza y espalda, molestias digestivas, taquicardias o ahogos.

Siempre se habla del duelo individual, cuando también hay que tener en cuenta el dolor familiar. “Durante estas comidas en familia, es común que todos los miembros sientan un nudo en la garganta, recordando al ausente en silencio y si alguien empieza a llorar se tapa enseguida”, añade Magdalena Pérez. Se llega a poner el plato en la plaza del ser querido que ya no está: “Cada uno necesita su tiempo para ajustarse a la nueva realidad y hay que respetarlo”, pero en los talleres terapéuticos que esta psicóloga realiza para preparar la Navidad, los participantes tratan de encontrar una forma de compartir su dolor. Por ejemplo, la familia puede introducir un ritual simbólico que suponga un recuerdo agradecido y cariñoso en voz alta de la persona que no va a estar: desde encender una vela a colocar una foto o un peluche en la mesa.

De igual modo que es natural manifestar malestar, también ayuda a elaborar el duelo “fomentar las emociones positivas, sin sentir culpa”, añade Argüello. ¿Y qué hacer con los niños? “Viven sus propios procesos de duelo. Hay que acompañarles sin intentar evitarles el sufrimiento, dejar que expresen la tristeza a su ritmo”, dice Pérez.

FUENTE: http://www.elpais.com/articulo/sociedad/sindrome/silla/vacia/elpepusoc/20081224elpepisoc_5/Tes

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” + // “” + // “

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“); } –> window.google_render_ad();La muerte de un ser querido siempre es dura y complicada de asumir. No se trata de desviar ni evitar el sufrimiento (pues está ahí pese a quien pese), sino de enfrentarse a él. Surgen llantos, lamentos, quejas, la frase típica de “si estuviera aquí….”, y un sinfín de condicionales que solo agudizan la culpa y el malestar de los familiares y amigos.

El duelo tiene distintas etapas y solo hasta que pasemos por todas, podremos decir que lo hemos superado. El tiempo palia bastante este sufrimiento, pero cada persona sufre su duelo particular y su tiempo de adaptación a la “vida normal” es distinto, por lo que es fundamental respetar ese tiempo de adaptación.

En tiempos navideños suele surgir la melancolía, algo normal, y propongo una cosa: recordar las cosas positivas que nos aportó la persona ausente, es decir, lo que hemos aprendido de esa persona, que apuesto a que son muchas cosas. Es fundamental para hacer esto bien abandonar cualquier sentimiento de culpabilidad, y aceptar nuestros errores como seres humanos que somos, es decir, con naturalidad, reconociendo que somos imperfectos por naturaleza y que seguiremos cometiéndolos hasta el mismo momento de nuestra muerte. Lo que hay que tratar es que estos errores dañen lo menos posible nuestro entorno.

No se trata de experimentar, sino de dejar libres nuestras expresiones y emociones, por tristes que sean, ya que si no lo canalizamos de forma natural, lo canalizaremos de forma inconsciente, siendo esto muy peligroso ya que nos podemos autodañar psicológicamente, una mala idea ¿no creeis?

Sin más dejo esto un post dando ánimo a las familias que lo están pasando mal por esta causa, tratando de transmitirlas que la vida sigue, que no se para el mundo, que evidentemente habrá un antes y un después tras ese ser querido, y empieza una época.

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